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| Sin Huellas. Marzo 2012 |
Repto por la acera intentando asimilar esta vieja sensación. Tengo la mala costumbre de licuarme sin previo aviso en mitad de cualquier sitio y desparramarme por el suelo dejando que mi impulso vital me contraiga los límites para avanzar sin dejar huella. Me fascinan mis contornos líquidos y mis dedos sin ventosas que salpican sin perder una gota de mí. En mis momentos amnióticos experimento la maravillosa sensación de estar sin que nadie se dé cuenta. No hay ningún placer voyeurista ni de autoaniquilación: mi estado acuoso y proteínico es pura libertad para arrastrar mis células allá donde a ellas les place, trasladando todo el elemento dentro de esa membrana aséptica que ni siquiera deja rastros de baba. Dentro de mi saco todo bulle y se mueve con el viento de mayo y con el humo como una sopa sin embrión. Puedo desplazarme más deprisa de lo permitido por los umbrales de la velocidad y vegetar fagocitando piedras sin que mi organismo se debilite y sin exudarme a mí misma. Cuando me convierto en Sin Huellas me río porque soy sin dejar testimonio. Todo es influjo de una marea vital, que llega a borbotones y satura mis neuronas de azúcar, dejando un sabor místico; al fin y al cabo, si sabes ser líquido, estás cerca de sentirte dios. Mutable e invisible, omnipresente, irreproductible. Un elemento repleto de sí mismo que repta por las aceras y brinca.
Cuando eres líquido te alimentas a través de las barreras.
Luego va volviendo la normalidad y te coagulas lentamente, y te sientes viscoso.
He perfeccionado el proceso y en ocasiones solo me metamorfoseo a medias y soy un híbrido entre libro abierto y persona Sin Huellas.



